domingo, 6 de julio de 2008

Que viva Brasil

Un fin de semana en el que todo te sale redondo, acaba todavía mejor cuando el domingo por la tarde, entre un poco de aquello que te sobró del Rock in Rio... aprovechando que estas sola en casa. Ves Trainspotting, y casi casi ya puedes hasta seguir el diálogo. 

Ves a Amy en el Rock in Rio y te lo pasas genial rodeada de todas aquellas estrellas pequeñas que tienes en Madri y que sabes ( y esperas) que tendrás durante mucho tiempo. Llegas a Atocha un cuarto de hora después de la hora prevista... pero llegas y te dicen que estás  a tiempo, que el tren se ha retrasado, y bajas corriendo. El tren está saliendo, pero te abren la puerta y saltas en marcha. Correctísimo. Encuentras tu vagón entre maletas y cuerpos que no paran de pasearse por los 18 vagones del tren. Llegas. Por fin. Y allí lo ves, entre dos asientos, sentado. Y te vuelves a enamorar. Estás prácticamente sonámbula del sueño y cansancio acumulado del fin de semana entre saltos y gritos. Pero él te puede. Y también duerme. Está tan cansado como tú o incluso más. Pero aún os quedan fuerzas para mantener esa conversación que tanto esperabas. Y te sigues enamorando. Y te das cuenta que la vida puede ser maravillosa, a pesar de que el lunes tengas que volver a trabajar. A pesar de todo, sabes que él está ahí. En la misma ciudad. Sabes que lo volverás a ver. Sabes que está como tú. Sabes que Brasil está muy lejos pero que aún quedan tres largos meses en los que puedes disfrutar de él. Y así, pensando en todo eso, te acabas durmiendo cuando el sol empieza a aparecer entre los edificios del fondo. Como ha ocurrido a lo largo de todo el curso pero, con la diferencia de que ahora sí que te tienes que levantar, sí que tienes que moverte de la cama aunque no hayas dormido nada. Sí que tienes que salir a la calle aunque estés bien acompañada. Pero sabes que él está ahí. Sabes que lo vas a ver y que te va ha hacer la vida un poco más maravillosa todavía. Sabes que tienes tres meses por delante en los que vas a disfrutar, vas a volver a Madrid, vas a ir a Londres y vas ha hacer milquinientas cosas siempre y cuando ese brasileIro esté ahí, sonriéndote tras sus gafas de Dior y con su ya típica mochila en la espalda, mirándote como si fuera la última vez. Y realmente no te lo quieres plantear pero lo piensas, ¿será está la última vez? ¿que viva Brasil? ... y un largo etcétera. Y entonces suena la alarma y tú sigues mirando por la ventana como sale el sol y como Jaume sale a por su moto para irse a trabajar. Y tú sales de la cama, te vistes y otra vez sonámbula vas a trabajar. Sabiendo que, en cuanto pises la calle y gires aquella esquina allí va a estar él, como aquel día que lo conociste, con sus Converse, sus gafas, su mochila, ese color de piel que solo conseguimos nosotros después de tres meses en la playa, su sonrisa y su acento portugués que te hace estremecer.