jueves 12 de febrero de 2009


De 'el hijo de ella', allí y entonces, a esto. Y por el camino esquivando baches. Hasta ahora. Incomprensible e indefinible. De cero a horas. De nada a todo. Y ahora todo completamente al revés. Vuelta al comienzo. Otra vez incomprensible. Y preguntan. No contesto. Llamadas y mensajes a horas que, hasta ahora, eran prohibidas. Demasiado interés por cosas que, hasta ahora, no preguntábamos. Así iba bien. Lugares comunes. Canciones.  Gestos. Y más preguntas. Y cada vez sé contestar menos. 
.... quizás tuvieran razón los que no dieron un duro por ello. 

lunes 29 de septiembre de 2008

El otro día leímos un artículo de El País que, sinceramente, nos dejó con ganas de conocer más.


Estabamos entre dos coches de la calle de atrás, sentados en el bordillo intentando comprender lo que ocurría mientras fumábamos aquello que tenía de su pueblo. De pronto, en una de las páginas de sociedad salió la noticia, 'Cinco minutos de viaje alucinógeno'. Explicaba muchas cosas de las que nos hicimos eco, una nueva droga de Estados Unidos, "se fuma", me dijo con su sonrisa. Lo leímos, y nos sorprendió. Conocimos cosas de los americanos que, realmente no es tan nueva pero que lo han publicado "para rellenar la falta de noticias de este verano". Coneste artículo 'aprendimos' que la maría tiene 15 millones de consumidores habituales, entre los que, durante este periodo de tiempo, puedo incluir al menos los más de diez redactores en la lista.


Dicen, las malas lenguas, que no es adictiva "porque es algo que no te apetece hacer cada día", según explica el periódico, claro está. Esa frase dió mucho de sí ya que, él dijo lo que yo también pensaba, "ojala la tuviéramos". Para sentarte tras una pantalla del ordenador a escribir, la mayor parte del tiempo, cosas que te inventas... necesitas algo de 'apoyo moral', y que mejor que una buena hierba o, en su defecto, una buena copa, como hace más de uno que me ronda diariamente por el periodico.

Y nosotros estábamos allí, esperando a que el reloj marcara y media para volver a entrar. "Te queda poco", me dijo guiñando el ojo, "estarás contenta". Y no sé si lo estaba. Cuando pasas tres meses de tu vida, todos los días sin parar y teniendo de fondo las tonterías del estilo.. sabes que luego lo echarás de menos, al menos un poco. 

Las tres de la tarde ya no las podremos pasar bajo el sol de agosto, buscando una sombra y sentados en un bordillo entre coches mientras nos contamos las últimas tonterías. Las nueve de la noche ya no serán sinónimo de unas cañas, que luego siempre traían algo más. Las once o doce ya no será la hora del 'almuerzo' de una tapa de tortilla y una caña. Y por las noches mi móvil igual ya no sonará diciendo esas cosas. Pero bueno, las promesas de volver siguen ahí. Igual ha sido el destino, o mi cabeza que se colapsó ante tanta despedida, pero me toca volver porque me he dejado unas cuantas cosas. Y supongo que ese día, volveremos a almorzar y a buscar una sombra para fumar algo, mientras nos sentamos entre dos coches para contarnos las últimas noticas 'destacadas' del día.... entre las que, quién sabe, igual vuelva a estar lo 'más nuevo' de América.


sábado 20 de septiembre de 2008

Desayunos

Entre sorbo y sorbo me lo contaba el otro día. Mientras soplaba el café porque llegaba ya tarde a trabajar y la bebida no se enfriaba. A mí, sin embargo, todavía me quedaban tres cuartos de hora por delante. Removía con ansias la cuchara y no apartaba la vista de la pequeña taza, como si así fuera a estar menos caliente. Mientras tanto, se volvió a encender otro Marlboro, el tercero durante los apenas veinte minutos que llevábamos sentados en aquella mesa que ya teníamos como nuestra. Una mesa que, a base de desayunos, ya nos esperaba siempre, de lunes a sábado.


Me explicó como había seducido a aquella chica una noche cualquier de las fiestas de Moros y Cristianos en su pueblo. Y me sorprendió. Porque no le tenía como un seductor que pudiera embaucar de esa manera a cualquiera. Pero por lo que contó, se miraron, se sonrieron. Sonaba típico pero de él me lo esperaba. Una persona de los 'típicos atípicos' como definía sus artículos.


- Y luego todo vino seguido. De ahí me la llevé, no sé muy bien como, a la cama.


Lo recuerda como si fuera algo que le ocurre a uno todos los días.


Desde que lo conocí, tras su pantalla del ordenador, rodeado de papeles, me di cuenta que una buena amistad nos iba a unir. A partir de ahí todo 'vino seguido' como dice él siempre. Empezamos con las risas maliciosas en las reuniones de la mañana. Seguimos quedando para "tomar unas cañas" a la salida de la dura jornada. Comenzamos a quedar todas las mañanas para desayunar y tener al menos veinte minutos para hablar de cosas tontas antes de entrar a trabajar. Y así poco a poco. Hasta que yo me fui.


Ahora seguíamos quedando para desayunar aunque él se tenía que marchar tres cuartos de hora antes que yo. Pero el madrugón valía la pena. Con cualquier tontería ya tenía cachondeo para todo el día. Siempre la misma mecánica. Por la mañana sonaba el teléfono de mi mesa y, al principio sorprendida, lo cogía y era él para desearme un "feliz día de curro". Ahora necesito esa llamada para afrontar la 'dura jornada laboral' frente al ordenador.


Los días que libra sigue viniendo a desayunar, a nuestro bar de siempre. En nuestra mesa. Entras, lo ves y te alegras.


Y así todos los días. Hasta que decidimos ir a cenar juntos.


- Vamos a celebrar nuestra peculiar cena de empresa de desayunos ¿no? - me planteó un día con su ya típico Marlboro en la mano y el café con leche en la otra. Entre semana tiraba por el cortado, pero cuando llegaba el viernes, el café con leche decía que le 'revitalizaba'. (Como él me enseñó sigo utilizando las comillas simples "cuando no sepas si cursiva o simples, siempre opta por las segundas" me repetía constantemente sin apartar su mirada de la pantalla)


Y así lo hicimos. Cenamos con un buen vino, comimos buena carne, que a mí no me gusta tanto como a él, por cierto. Después vinieron los chupitos.


- Pacharán que es lo que a la chica le gusta. - le dijo al camarero con su claro acento valenciano, guiñándome a la vez a mí un ojo.


Y del pacharán pasamos a las copas. Y de las copas a los chistes. Y de ahí a un 'vamonos' mientras su mano pasaba por mi espalda.


Y era tal la confianza de todos esos meses desayunando juntos. Todas las miradas cómplices cuando asomábamos la cabeza por encima del ordenador que, acabamos como estaba claro que algún día ibamos a acabar.


Y hasta ahora.
- En mi último viaje a Matalascañas, lo vi por primera vez. - dijo apartando la vista, por un breve periodo de tiempo de la taza - yo iba por la calle, miré hacia arriba y lo vi. Creo que ya nunca me he vuelto a cruzar personalmente, a partir de aquel momento ha sido por la tele, aunque viva aquí al lado, no lo he vuelto a ver.
- Pero si tú nunca has estado en Matalascañas, ni siquiera sabes donde esta eso.
- Ya, pero yo lo vi.

Y como eso todo. Por su forma de ser puedes pensar que es andaluz, sin embargo la sangre alicantina le sigue corriendo por las venas. Cabezota, pesado -intenso que diría otra persona-, alguien que si no cumple los siete pecados capitales, poco le falta.

Que vende Benidorm a los alemanes y se va a tomarse unas cañas después tranquilamente.

Realmente cobarde pero que pasa por el 'macho' que no es. Que pone una sonrisa y todo el mundo parece seguirle como si nada.

Un ser que amansa a las fieras. Alguien que, en las fiestas siempre acaba rodeado de chicas a las que no sabes si les esta pidiendo el número de teléfono o cuál es el número del tinte que se han puesto. Y esto lo digo porque he sido testigo de ello. Porque le he visto retratar los culos de las guiris alemanas de Benidorm. Porque he visto como ha conseguido que dos guiris acaben chupándole a otra cosas solo para que les haga una fotografía.

Un embaucador que dirían por algunos pueblos.

La cara y la cruz.

Uno embauca con su sonrisa y consigue lo que quiere y, sin embargo el otro, tiene, simplemente ocurrencias.

- Estoy empachado de tanta comida.
- Para comida la mía del fin de semana pasado. Que no sabía sí pedir en la barra pharmaton o una botella de agua. El postre no tuvo precio - mientras guiña un ojo - pero la comida de techo tampoco. Después de una sesión de esas si que te empachas.

Una persona que tiene respuesta para todo. Mejor no le preguntes si sabe de algo 'curioso' porque el día que lo intenté, por primera vez, sin realmente analizarlo, acabó mal. Bueno, no tan mal como diría.

Puedes acabar en la cama con él sin apenas comerlo o beberlo. Sin darte cuenta, dos palabras y prueba superada que decía el presentador del Grand Prix.

O igual, en vez de eso, te ves que esas personas un tanto 'peculiares' acaban encontrando un hueco en ese blog que escribes cuando no quieres o no puedes dormir. Cuando el vecino tiene la radio puesta y te desvela o cuando quieres salir a fumar a la terraza mientras tu familia duerme y solo el silencio, y bueno, el perro, te acompañan.

Pues, finalmente encuentran un hueco en este blog y quizás, también en tu memoria.

lunes 15 de septiembre de 2008

Ellos

Cuando alguien deja atrás un lugar, por el motivo que sea, deja atrás algunos recuerdos pero también algunas cosas y momentos de las que no quiere volver a oír hablar. 

Él se fue a no más de 400 kilómetros de su casa. El trabajo fue el motivo de su traslado. Su familia, con la que tenía poco contacto, quedó atrás. Su casa vacía. Su relación perdida. Y Ella, muy quieta bajo aquel árbol, le decía adiós con el brazo con la promesa de "volveré pronto".

Ella seguía allí. Tenía que quedarse por un tiempo, todavía indeterminado, bajo el sol de aquel duro verano. Pero en cuanto encontrara la oportunidad huiría al lugar donde Él le prometió que la buscaría. Mientras tanto, pasaba tardes enteras bajo aquel árbol, gran protagonista de su tardía despedida, con solo el paquete de Marlboro como fiel acompañante.

Él se marchó dejando atrás todos los recuerdos. Quizás intentando olvidar los motivos por los que Ella seguía a su lado a pesar de todo el tiempo pasado. Con aquel adiós Él quiso olvidar todos los rincones, todos los momentos, todas las anécdotas acontecidas tanto con Ella como con todo su grupo de amigos. Quizás, solo quizás, el tiempo lo borre todo, se repetía Él una y otra vez a todas horas de camino a su nuevo destino.

Pero aquel árbol no fue el único testigo de todos los buenos momentos juntos. Todos los rincones de aquel pequeño pueblo donde ambos habían pasado su infancia era un reflejo de su gran amistad. Los columpios que ahora ya no utilizaban los niños comenzaron siendo el empujón que necesitaban para entablar conversación. Aquel coche abandonado que descubrieron poco tiempo después y donde ambos se reunían. Él le ayudaba a subir a Ella mientras intentaba verle las bragas por debajo de su perenne falda.  El muro que saltaron y por el que Él se hizo una brecha sobre la ceja que ella cuidó con mucho cariño. La tarde en el banco del parque tras su primer día de colegio. El tobogán por el que hacían animaladas, siempre muy juntos.

Poco a poco se fueron haciendo mayores. Ya no se veían cuando terminaban los deberes. Él la recogía a la salida del instituto. Ella con una gran sonrisa le esperaba todas las tardes en la puerta. Fue entonces cuando sus lugares de reunión cambiaron. 
La esquina donde se encendieron el primer cigarro. El banco que fue testigo de su primer beso furtivo. El bar donde iban a pasar las tardes jugando al billar. Y un largo etcétera de lugares en los que ambos habían pasado toda su infancia y juventud. 

Ahora todo eso quedaba atrás. Ella seguía bajo el árbol con un cigarro en la boca esperando y deseando que aquel coche volviera aparecer. Él, dentro del coche y camino de su nuevo lugar de destino, esperaba que todo aquello, por duro que fuera permitiera dejar atrás todos aquellos momentos. Ella años antes había desaparecido. Había abandonado el pueblo buscando, según decía "un futuro mejor". Él había tenido que soportar rumores, cartas inmensas contando sus nuevas hazañas en la capital y llamadas a medianoche fruto de una noche de borrachera.

Ahora era su turno. Ella había vuelto hacía un par de años con un coche negro, grande, de buena marca, conducido por un veinteañero vestido con más logos en su ropa que cualquier deportista. Pasó en casa de Ella la Semana Santa. Él no salió de casa. Sabía que venía acompañada y solo se atrevió a apartar la cortina de su ventana cuando llegaron. Ella se dio cuenta enseguida, estaba seguro, pero no quiso mostrar el más mínimo gesto. Meses después, cuando volvió sola, en una de sus noches en las que se veían tras enviarse varios mensajes desde cualquier lugar se esperaban, como en los viejos tiempos, en la plaza, Él se lo echaría en cara. Y Ella no pudo más que agachar la cabeza. 

Tras esto, Él no fue el mismo. Pensaba que Ella se iba pero volvería para estar con Él, a su lado. Todo aquel tiempo, Él lo había pasado pensando solo en Ella, bajo aquel árbol y con el paquete de Marlboro como única compañía. Como a ellos les gustaba pasar las tardes. Sin nadie más, sin nada más. Solos. 

Ahora le tocaba a Él irse. Pero con la convicción de que sus promesas de "volveré pronto" y "no te preocupes por nada" las iba a cumplir. Y Ella también estaba convencida. Y por eso le esperaba bajo el árbol. En sus vidas habían pasado muchas cosas. Ella con otro. Él con otra. Los cuatro juntos en tardes que a ambos se les hacían eternas mientras en sus cabezas solo aparecían imágenes de años atrás, cuando aún vivían cerca y todo era mucho más fácil. 

Ese era el principal motivo por el que, tanto Ella como Él tenían claro que, tarde o temprano volverían a verse. A disfrutar el uno del otro. Cada reencuentro era mejor que el anterior. Cada llamada les hacía sentirse más unidos. Cada conversación refleja más la pasión que sentían el uno por el otro. Ambos tenían claro que, por muchas personas con las que estuviesen, el tiempo que fuera, había cosas que no se podían frenar. Y esta era una de tantas. 

Cada vez que se veían sus ojos mostraban una complicidad más propia de dos hermanos que de amigos. Ambos conocían el cuerpo del otro como si fuera el propio. Y como esas muchas. Era reencontrarse y saltar chispas. Entre los vecinos que los veían estar sentados en el mismo banco que hace diez años era un secreto a voces. Aunque ellos no se tocaran los más viejos del pueblo lo notaban. Pero no se sorprendían. Habían vivido la relación de tal manera que sabían que en cualquier momento eso podría ocurrir. 

Cada vez que Ella volvía de su nuevo destino esperaba coincidir con Él. La persiana bajada hacía que sus ilusiones se desvanecieran. Pero seguía manteniéndose bajo aquel árbol, pegada a su paquete de Marlboro e intentando escuchar el ruido del silencio. Como a Él le gustaba. Ella, sin embargo, prefería mantener largas conversaciones hasta que tuvieran a la luna como única aliada o hasta que el Marlboro quedara vacío. Se conectaban con solo mirarse a los ojos, por lo tanto Él sabía cuando mantener largas charlas y Ella sabía cuando mantenerse en un segundo plano y callar mientras miraba como se encendía los cigarros de esa manera tan peculiar.

La conexión era tal que, sin si quiera darse cuenta, cierto día, ella soltó el Marlboro de su mano y dio un brinco. Dobló la esquina y allí, sentado en el banco de siempre, un mechero encendía el primer Marlboro que Él mantenía en la boca. Tal y como solo Él sabía. 

domingo 6 de julio de 2008

Que viva Brasil

Un fin de semana en el que todo te sale redondo, acaba todavía mejor cuando el domingo por la tarde, entre un poco de aquello que te sobró del Rock in Rio... aprovechando que estas sola en casa. Ves Trainspotting, y casi casi ya puedes hasta seguir el diálogo. 

Ves a Amy en el Rock in Rio y te lo pasas genial rodeada de todas aquellas estrellas pequeñas que tienes en Madri y que sabes ( y esperas) que tendrás durante mucho tiempo. Llegas a Atocha un cuarto de hora después de la hora prevista... pero llegas y te dicen que estás  a tiempo, que el tren se ha retrasado, y bajas corriendo. El tren está saliendo, pero te abren la puerta y saltas en marcha. Correctísimo. Encuentras tu vagón entre maletas y cuerpos que no paran de pasearse por los 18 vagones del tren. Llegas. Por fin. Y allí lo ves, entre dos asientos, sentado. Y te vuelves a enamorar. Estás prácticamente sonámbula del sueño y cansancio acumulado del fin de semana entre saltos y gritos. Pero él te puede. Y también duerme. Está tan cansado como tú o incluso más. Pero aún os quedan fuerzas para mantener esa conversación que tanto esperabas. Y te sigues enamorando. Y te das cuenta que la vida puede ser maravillosa, a pesar de que el lunes tengas que volver a trabajar. A pesar de todo, sabes que él está ahí. En la misma ciudad. Sabes que lo volverás a ver. Sabes que está como tú. Sabes que Brasil está muy lejos pero que aún quedan tres largos meses en los que puedes disfrutar de él. Y así, pensando en todo eso, te acabas durmiendo cuando el sol empieza a aparecer entre los edificios del fondo. Como ha ocurrido a lo largo de todo el curso pero, con la diferencia de que ahora sí que te tienes que levantar, sí que tienes que moverte de la cama aunque no hayas dormido nada. Sí que tienes que salir a la calle aunque estés bien acompañada. Pero sabes que él está ahí. Sabes que lo vas a ver y que te va ha hacer la vida un poco más maravillosa todavía. Sabes que tienes tres meses por delante en los que vas a disfrutar, vas a volver a Madrid, vas a ir a Londres y vas ha hacer milquinientas cosas siempre y cuando ese brasileIro esté ahí, sonriéndote tras sus gafas de Dior y con su ya típica mochila en la espalda, mirándote como si fuera la última vez. Y realmente no te lo quieres plantear pero lo piensas, ¿será está la última vez? ¿que viva Brasil? ... y un largo etcétera. Y entonces suena la alarma y tú sigues mirando por la ventana como sale el sol y como Jaume sale a por su moto para irse a trabajar. Y tú sales de la cama, te vistes y otra vez sonámbula vas a trabajar. Sabiendo que, en cuanto pises la calle y gires aquella esquina allí va a estar él, como aquel día que lo conociste, con sus Converse, sus gafas, su mochila, ese color de piel que solo conseguimos nosotros después de tres meses en la playa, su sonrisa y su acento portugués que te hace estremecer. 

domingo 8 de junio de 2008

Licenciada

Llevo cuatro años luchando para poder acabar la carrera y cuando me he dado cuenta ya soy licenciada. Y me pregunto ¿y ahora qué?. Claro que puedo trabajar, seguir estudiando, no hacer nada, volverme a casa, quedarme en Torre... es ahora cuando me doy cuenta que he podido acabar, vale, pero no tengo absolutamente nada claro. Sólo sé que voy a echar de menos a personas que hace unos años ni me lo hubiera planteado. De hecho, hace unos años no me veía en esta situación y, en caso de imaginármelo, nada era tal y como ha sido. En los últimos cuatro años ha pasado de todo pero, no sé porque, sólo me quedan los buenos recuerdos en la memoria. Y todo esto el año que viene va a ser completamente diferente. Como dice alejandrito, "Menos mal que somos dos para extrañarle". Aunque no sé si eso es algo bueno o algo malo.  Yo sólo sé que en muy poco tiempo me veo con una carrera terminada, buscando prácticas con desesperación y sin ningún proyecto de futuro. Y creo que soy la última. Pero poco a poco y tiempo al tiempo. Esto de estar sola en el piso me incita a pensar sobre todos estos cuatro años y todas las cosas que he hecho mal y que no debería haberlas hecho. Lo que pasa es que ahora mismo me da absolutamente igual. Sólo esperaba que al menos acabara bien. Y no ha sido así,  pero ya no hay marcha atrás. Pero me da igual. Yo soy licenciada sin futuro. Y eso es lo que me distingue del resto.