Cuando alguien deja atrás un lugar, por el motivo que sea, deja atrás algunos recuerdos pero también algunas cosas y momentos de las que no quiere volver a oír hablar.
Él se fue a no más de 400 kilómetros de su casa. El trabajo fue el motivo de su traslado. Su familia, con la que tenía poco contacto, quedó atrás. Su casa vacía. Su relación perdida. Y Ella, muy quieta bajo aquel árbol, le decía adiós con el brazo con la promesa de "volveré pronto".
Ella seguía allí. Tenía que quedarse por un tiempo, todavía indeterminado, bajo el sol de aquel duro verano. Pero en cuanto encontrara la oportunidad huiría al lugar donde Él le prometió que la buscaría. Mientras tanto, pasaba tardes enteras bajo aquel árbol, gran protagonista de su tardía despedida, con solo el paquete de Marlboro como fiel acompañante.
Él se marchó dejando atrás todos los recuerdos. Quizás intentando olvidar los motivos por los que Ella seguía a su lado a pesar de todo el tiempo pasado. Con aquel adiós Él quiso olvidar todos los rincones, todos los momentos, todas las anécdotas acontecidas tanto con Ella como con todo su grupo de amigos. Quizás, solo quizás, el tiempo lo borre todo, se repetía Él una y otra vez a todas horas de camino a su nuevo destino.
Pero aquel árbol no fue el único testigo de todos los buenos momentos juntos. Todos los rincones de aquel pequeño pueblo donde ambos habían pasado su infancia era un reflejo de su gran amistad. Los columpios que ahora ya no utilizaban los niños comenzaron siendo el empujón que necesitaban para entablar conversación. Aquel coche abandonado que descubrieron poco tiempo después y donde ambos se reunían. Él le ayudaba a subir a Ella mientras intentaba verle las bragas por debajo de su perenne falda. El muro que saltaron y por el que Él se hizo una brecha sobre la ceja que ella cuidó con mucho cariño. La tarde en el banco del parque tras su primer día de colegio. El tobogán por el que hacían animaladas, siempre muy juntos.
Poco a poco se fueron haciendo mayores. Ya no se veían cuando terminaban los deberes. Él la recogía a la salida del instituto. Ella con una gran sonrisa le esperaba todas las tardes en la puerta. Fue entonces cuando sus lugares de reunión cambiaron.
La esquina donde se encendieron el primer cigarro. El banco que fue testigo de su primer beso furtivo. El bar donde iban a pasar las tardes jugando al billar. Y un largo etcétera de lugares en los que ambos habían pasado toda su infancia y juventud.
Ahora todo eso quedaba atrás. Ella seguía bajo el árbol con un cigarro en la boca esperando y deseando que aquel coche volviera aparecer. Él, dentro del coche y camino de su nuevo lugar de destino, esperaba que todo aquello, por duro que fuera permitiera dejar atrás todos aquellos momentos. Ella años antes había desaparecido. Había abandonado el pueblo buscando, según decía "un futuro mejor". Él había tenido que soportar rumores, cartas inmensas contando sus nuevas hazañas en la capital y llamadas a medianoche fruto de una noche de borrachera.
Ahora era su turno. Ella había vuelto hacía un par de años con un coche negro, grande, de buena marca, conducido por un veinteañero vestido con más logos en su ropa que cualquier deportista. Pasó en casa de Ella la Semana Santa. Él no salió de casa. Sabía que venía acompañada y solo se atrevió a apartar la cortina de su ventana cuando llegaron. Ella se dio cuenta enseguida, estaba seguro, pero no quiso mostrar el más mínimo gesto. Meses después, cuando volvió sola, en una de sus noches en las que se veían tras enviarse varios mensajes desde cualquier lugar se esperaban, como en los viejos tiempos, en la plaza, Él se lo echaría en cara. Y Ella no pudo más que agachar la cabeza.
Tras esto, Él no fue el mismo. Pensaba que Ella se iba pero volvería para estar con Él, a su lado. Todo aquel tiempo, Él lo había pasado pensando solo en Ella, bajo aquel árbol y con el paquete de Marlboro como única compañía. Como a ellos les gustaba pasar las tardes. Sin nadie más, sin nada más. Solos.
Ahora le tocaba a Él irse. Pero con la convicción de que sus promesas de "volveré pronto" y "no te preocupes por nada" las iba a cumplir. Y Ella también estaba convencida. Y por eso le esperaba bajo el árbol. En sus vidas habían pasado muchas cosas. Ella con otro. Él con otra. Los cuatro juntos en tardes que a ambos se les hacían eternas mientras en sus cabezas solo aparecían imágenes de años atrás, cuando aún vivían cerca y todo era mucho más fácil.
Ese era el principal motivo por el que, tanto Ella como Él tenían claro que, tarde o temprano volverían a verse. A disfrutar el uno del otro. Cada reencuentro era mejor que el anterior. Cada llamada les hacía sentirse más unidos. Cada conversación refleja más la pasión que sentían el uno por el otro. Ambos tenían claro que, por muchas personas con las que estuviesen, el tiempo que fuera, había cosas que no se podían frenar. Y esta era una de tantas.
Cada vez que se veían sus ojos mostraban una complicidad más propia de dos hermanos que de amigos. Ambos conocían el cuerpo del otro como si fuera el propio. Y como esas muchas. Era reencontrarse y saltar chispas. Entre los vecinos que los veían estar sentados en el mismo banco que hace diez años era un secreto a voces. Aunque ellos no se tocaran los más viejos del pueblo lo notaban. Pero no se sorprendían. Habían vivido la relación de tal manera que sabían que en cualquier momento eso podría ocurrir.
Cada vez que Ella volvía de su nuevo destino esperaba coincidir con Él. La persiana bajada hacía que sus ilusiones se desvanecieran. Pero seguía manteniéndose bajo aquel árbol, pegada a su paquete de Marlboro e intentando escuchar el ruido del silencio. Como a Él le gustaba. Ella, sin embargo, prefería mantener largas conversaciones hasta que tuvieran a la luna como única aliada o hasta que el Marlboro quedara vacío. Se conectaban con solo mirarse a los ojos, por lo tanto Él sabía cuando mantener largas charlas y Ella sabía cuando mantenerse en un segundo plano y callar mientras miraba como se encendía los cigarros de esa manera tan peculiar.
La conexión era tal que, sin si quiera darse cuenta, cierto día, ella soltó el Marlboro de su mano y dio un brinco. Dobló la esquina y allí, sentado en el banco de siempre, un mechero encendía el primer Marlboro que Él mantenía en la boca. Tal y como solo Él sabía.